La escultura, un poema en el paisaje

El volumen del silencio ha tomado la ciudad. A la tarde, cuando todos los ruidos cierran, nuestras sombras se liberan a sus anchas y el espacio público manifiesta el esplendor de su vacío. Su potencia como escenario propicio para la plástica de la escultura urbana. Apenas somos conscientes de su carácter escenográfico en medio de una rotonda, de un parque, en la dirección de la mirada de una calle. Sus volúmenes geométricos, llenos, vacíos, cercados, nos plantean otros ritmos de la mirada y que dejemos a nuestra sensibilidad detenerse de la rutina del estrés y se despierte. O que por un instante, juegue con las texturas de lo inerte y del movimiento. Desde lo figurativo a lo abstracto, en piedra, hierro, bronce o en acero cor-ten que genera su propio óxido, su lenguaje artístico nos propone otros planos de encuentro con los espacios de la ciudad o un horizonte diferente en su travesía.

“LA ESCULTURA URBANA NOS TRANSMITE LA RIQUEZA ESTÉTICA DE SU DIMENSIÓN FÍSICA Y MENTAL, Y BELLEZA AL ESPÍRITU”.

En Málaga se nos aproximó un buen ejemplo en 2017 con los nómadas “Caminantes” de Elena Laverón, paseando entre nosotros en el muelle de El Palmeral de Las Sorpresas. También al alcance de la mano a diario con las piezas de Stefan von Reinswitz en el Bomarzo del Parque del oeste. Y con “El Ave Quiromántica” de Rafael Pérez Estrada, cuyo dibujo onírico materializó en metamorfosis José Seguiri, dionisíaco siempre en el lenguaje de las formas de sus esculturas plásticas. Lo mismo que las que traviesas se nos interponen en la plaza Uncibay. Todas ellas aportan su condición de personajes a la geografía en la que sugieren emociones espontáneas, la posibilidad de acariciar en su corporeidad un instante de no estar fuera sino dentro, su cobijo en la espera de una cita. Aguardar a su lado un beso que llega, leer un rato, descansar entres sus formas son formas de relacionarnos con la magia de su presencia.

Pieza en bronce de la exposición ‘Caminantes’, de Elena Laverón. Palmeral de las Sorpresas (2017)

Se marcharon hacia otros itinerarios las criaturas de Laverón, sin que supiéramos porqué en la capital de la cultura no se materializó el esfuerzo por adquirir algunas para aquel enclave donde transmitían vida, su soledad al cerrar la noche nuestro roce con ellas. Qué pena que no existan inversiones cataríes para el mecenazgo -puede que procuren menos porcentajes y dividendos que repartir- . Hubiesen sido un buen recuerdo de su exposición con motivo de la celebración de La Farola – su corazón latiendo 3+1 destellos cada 20 segundos, y trazando una vereda de 25 millas náuticas hasta donde las sirenas bailan tomando tierra en la luz que las orla -. Ese icono femenino y totémico de nuestra identidad mediterránea en el skyline, que parece resultar cateto para los viajados de la modernidad que ahora quieren comprar Nueva York con un rascacielos para Málaga. Se les ha quedado antiguo el paisaje de la cuna del horizonte y en su cosmopolitismo para atraer turismo de élite y de lujo –qué obsesión freudiana la de aquellos que nunca reclamaron con tanto empeño inversiones en sanear el litoral, donde los rubios que llegan se bañan en un desnatado azul- sólo tiene altura de futuro lo vertical de ladrillo de dinero visto. En una nueva definición del horizonte, que no sé por qué hace falta, las administraciones políticas deberían promover intervenciones sostenibles y no agresivas ambientalmente, y entre otras cosas aportar valores culturales. Pocos son audaces para proponer en ese sentido la alternativa de

“CREAR OBRAS A ESCALA DE LA ENERGÍA DEL LUGAR

y que simbolicen la belleza de un dibujo o de un poema en la topografía de su entorno. Una excelente forma de entablar puentes entre lo invisible que sucede en un ámbito y su materialización en la conciencia de nuestra mirada. Se comprende mejor admirando la figura de acero hecha con los alfabetos tamil, griego, hindi, latino, en la plaza del comercio de Burdeos donde se encuentra la antigua Cámara de Comercio.

Place de la Bourse, en Burdeos (Jaume Plensa)

Es lo que lleva haciendo tiempo de éxito Jaume Plensa. Filósofo de la palabra, de la vibración del sonido y del recogimiento lírico en el espacio que sus esculturas convierten en pensamientos que cobran cuerpo, y generan la intimidad de un paisaje del que se significa aún más su esencia. Nunca genera desinterés ni impasividad la delicadeza de sus propuestas que enhebran la poesía de William Blake o de Valente; las catarsis de la naturaleza humana de las obras de Shakespeare; la reflexión en torno a la cultura del país y la lectura personal que el artista hace del latido del ámbito público en el que le proponen la inmersión de una de sus esculturas. Trabajos como “Alchemist”, su cabeza instalada en el campus del Instituto de Tecnología de Massachusetts; “Looking Into My Dreams, Awilda” en la Bahía de Guanabara en Río de Janeiro, o “Tolerancia” en el Bayou Park de Buffalo, se funden con la atmósfera que las circundan. Crean siempre una sublimidad en el ánimo del espectador y en su introspectiva conversación emocional con el paisaje. Algo que no puede hacerse con un rascacielos varado, un barco ajeno a nuestro mediterráneo y a los adjetivos del espacio que amuralla.

“AFIRMA PLENSA QUE LOS ARQUITECTOS HACEN FORMAS MUY SOFISTICADAS, PERO A MENUDO SIN ALMA. EL ARTISTA TIENE LA CAPACIDAD DE INSUFLAR NUEVA VIDA A UN PAISAJE”.

Un buen ejemplo es su “Crown Fountain”, en el Millennium Park de Chicago. El escultor concibió dos torres formadas por pantallas LED sobre un gran estanque de granito negro, reflectante con pocos centímetros de agua. En las pantallas se proyectan efímeros retratos warholinianos de anónimos ciudadanos, que cambian constantemente creando una danza gestual, mientras fluye de sus bocas la risa del agua. Una maravillosa escultura a gran escala, que sustituye los antiguos símbolos mitológicos por personas de a pie, y atrae las miradas mediante la prestidigitación plástica con materiales innovadores, la luz, la escultura y el paisaje al que le confiere una diferente y espectacular narrativa mágica del espacio.

The Crown Fountain, en el Millenium Park de Chicago (Jaume Plensa)

Tiene también la escultura pública inscrita en un horizonte abierto ante el paisaje, un sentido de pertenencia con los significados de ese entorno al que la obra de arte le permite materializar su alma y expandirla de una forma casi natural. “El peine del Viento” de Eduardo Chillida en la Playa de Ondarreta. Su pieza es viento, roca, mar, que él potencia con esa obra dinámica, enraizada, igual que si telúricamente emergiese del paisaje en armonía con el arte. Chillida llevó más allá la magnitud de su intervención creando un conjunto de piezas que sugieren su pulso con las tormentas del oleaje, con la herrumbre del metal y su conversión en piedra para simbolizar el paso del tiempo, el magma del mar que todo lo transforma y lo sucumbe.

“LA ESCULTURA ES LA POLISÉMICA FUERZA DE LA NATURALEZA QUE RAPTA LA PERCEPCIÓN HUMANA FRENTE A SU HORIZONTE.”

De su pulsión uno adquiere conciencia, y puede acomodarse en una reflexión intimista sobre esa línea de fuga exterior que sugiere también, más allá de ella, un horizonte interior que la mirada no percibe. Lo mismo que incita a la reflexión acerca de uno mismo, y sobre la cultura de la que emana. Después de todo, la escultura es un trabajo de meditación. Una pieza de este calibre es lo que debería proponerse para el dique de Levante, en consonancia con su cartografía, en diálogo con la estrella polar en tierra firme de La Farola. De nuevo el volumen de la sensibilidad frente a la arrogancia del Titanic. Ítaca versus Dubái.

‘El peine de los vientos’, en la playa de Ondarreta de San Sebastián (Eduardo Chillida)

Vivimos en ciudades genéricas, con espacios sin identidad propia vinculados a continuos procesos de zafia modernización, y frente a esa tendencia el arte en espacios públicos, pese a ser costosa económicamente su apuesta, favorece el enriquecimiento del paisaje cognitivo y sentimental del ciudadano. Son muchos los escultores que llevan tiempo haciéndolos, respaldados por auténticas políticas culturales enfocadas a transformar las ciudades, a hacerlas atractivas para el turismo sin el pastiche de la impostura, de la copia ni reducirlas a lugares homogéneos. Henry Moore, Richard Serra, Janet Echeman, Neil Dawson, Rebecca Horn, Richard Long, son algunos de los más actuales. Sin olvidar a los pioneros que abordaron la intervención sobre el paisaje mediante el Land art: un arte de la naturaleza con la naturaleza, conceptual, de espíritu ecologista, nacido a finales de los años sesenta en los desiertos de Estados Unidos. Uno de sus creadores fue Robert Smithson, autor de la “Spiral Jetty” compuesta por rocas, tierra y algas formando una larga espiral que sobresalía de la tierra adentrándose en el Gran Lago Salado de Utah. Sus obras representan cómo sobre el paisaje

“LA ESCULTURA ES UN TRABAJO DE MEDITACIÓN SOBRE LA SENSIBILIDAD DE UNA ILUSIÓN

Esta determinación de la escultura efímera que se compenetra con un espacio natural tuvo también en Christo Javacheff a uno de sus más populares exponentes. El búlgaro-estadounidense sorprendió siempre con imaginativas propuestas, como la de sus 39’5 kilómetros de tela blanca traslúcida, de cinco metros y medio de altura, recorriendo 59 campos ganaderos entre las colinas al norte de San Francisco, igual que un poema de luz y brisa adentrándose en el Océano Pacífico en Bodega Bay. Sus 7.506 barriles que componían una isla flotante en el lago Serpentine del Hyde Park londinense. O los caminos sobre las aguas del lago Iseo en Italia.

‘Los muelles flotantes’ en el lago Iseo 2016 (Marco Bertorello. AP/Getty Images)

 

Más que efímeras fueron virtuales las propuestas ideadas por Antonio Lafuente, para una estupenda exposición en 2014 en el Museo del Patrimonio de Málaga. Con el talento local reunió 24 utopías urbanas –título de la muestra- que intervenían desde diferentes disciplinas plásticas diferentes entornos de la ciudad. La plaza Mitjana donde Ernest Kraft creó un laberinto en su centro; el Puente de los Alemanes bajo el que José Seguiri tramó un bestiario fantástico; los jardines del Muelle Dos perfectos para una escultura de Oliver Perry –uno de los talentos que apenas ocupa espacios públicos, junto al de Antonio Yesa que sí tiene piezas urbanas en Málaga y en Alhaurin de la Torre-; la farola alrededor de cuya esbeltez Charo Carrera enredó un óleo-poema en pliego de seda sobre hoja de palmera. Y los arbotantes de la espaldera del dique de Levante entre los que Mati Moreno escenificó notas tímbricas de color con un poema de G.B. para su exposición La Voz. Hubo otras estupendas sugerencias en este delicioso juego de utopías urbanas que abrochan la propuesta de la escultura en espacios públicos y en el paisaje. Y cuyo propósito es celebrar la personalidad de su naturaleza, y su lenguaje. Una responsabilidad mejor que la de venderlo y alterar su esencia.
Pensemos Plensa.

Recreación de la propuesta de Mati Moreno para los arbotantes del dique de Levante (Foto: Antonio Lafuente 2014)

2 Comments

  1. Extraordinaria forma de sentir la ciudad y su entorno como espacio para sentirnos vivos y emocionados. Los artistas plásticos nos pueden ayudar a descubrir la magia de cada lugar.
    Guillermo Busutil, gracias por dejarnos disfrutar de escritura.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

0 £0.00