Sicilia

Ryūnosuke Akutagawa nació en Tokio. Su madre -psicótica- murió prematuramente. Akutagawa fue adoptado por si tía, que le comió el coco incesantemente desde pequeño diciéndole que él era portador de la esquizofrenia materna. Aún en edad estudiantil propuso matrimonio a una amiga de la infancia. Su familia adoptiva se negó a esta relación. Cosas de Japón. Trabó amistad con todos los escritores japoneses de relumbrón de la época. Se casó con Fumi Tsukamoto y tuvieron tres hijos. Escribió en el periódico Mainichi de Osaka. Tras graduarse en literatura inglesa, enseñó inglés en la Escuela Naval de Ingeniería en Yokosuka. Su tesis versó sobre William Morris. Después, se dedicó por entero a escribir. Durante una época sobre cristianismo japonés. Editó, junto a otros escritores, la revista literaria Shinshicho. De allí nació La Nariz, donde su personalidad se une a la de Gógol -padre secreto de le la literatura asiática- y revela su principal obsesión: ser enterrado vivo. Su relato más famoso es Rashōmon, llevado a la pantalla por el mejor director de la historia del cine: Akira Kurosawa. El premio literario de mayor prestigio de Japón lleva su nombre. En 1926 comienzan las crisis de angustia, alucinaciones y delirios. Abandona la literatura. Un año más tarde ingiere una dosis letal de barbital. Tenía 35 años, la misma edad en la que yo me asenté en Noto, Sicilia, y que supuso el inicio de una época tan felizmente psicótica que comencé a leer a Giovanni Papini.

Giovanni Papini nació en Florencia. Pasó de ser ateo a agnóstico y, luego, a ultracatólico. Dedicó su Historia de la Literatura Italiana a Benito Mussolini. Escribió Gog. Un libro que constaba de setenta entrevistas realizadas en un manicomio. Gog era un multimillonario hawaiano que habló con Einstein, Freud, Henry Ford y Ramón Gómez de la Serna -entre otros- en aquellas audiencias de aquel psiquiátrico. Gog es una de las mayores críticas a la civilización y a las enfermedades de la política económica que jamás se ha escrito. Sicilia no es consciente de ser Gog. Italia ha olvidado a Papini. Murió ciego, mudo y paralítico, tal y como quedé yo cuando me inyectaron la quinta dosis de quimioterapia.

CAPÍTULO 5. SICILIA

Los tipos como yo no viajamos nunca. Es fácil dar con nosotros. Nos tiramos toda la vida en el mismo tugurio como estatuas de sal. Salir del barrio es todo un acontecimiento. Bueno, eso no es verdad. Sí que viajamos. De hecho, viajamos mogollón. Siempre al mismo sitio. En mi caso me piré a Sicilia cuando gané los primeros cien millones de pesetas. Y cuando el auténtico torrente de dinero empezó a entrar en mis bolsillos, me compré una casa allí. En Noto. Un bajo en el centro de Noto, al lado de San Nicolás de Myra. Tenía un salón gigante, una cocina gigante, una escalera gigante de madera que subía a un dormitorio gigante, un mayordomo y veinte cabezas de moro. Sicilia no es un país. Es un barrio. Un barrio levantado a bocados, codazos, pellizcos y puñetazos encima de una isla. El sitio más hermoso, cálido y esquizofrénico del mundo. 

En las majestuosas escalinatas de la catedral de Noto, los chavales con gorra y pantalones desgastados hacen bailar su cadena de oro en el dedo índice, mientras se suben el cuello de la chaqueta y escupen al suelo, en actitud desafiante, hasta que abuelas de luto y pañuelos blancos de encaje encima de las cabezas canas les ponen firmes. Los chatarreros cantan melodías preciosas al pasar bajo los balcones de la mansión Villadorata, con esas macizas barandas de hierro forjado hacia fuera para que las pretéritas señoras de la alta burguesía pudieran asomarse al pueblo sin que las abombadas faldas de sus vestidos se manchasen. Esas barandillas representan el poso histórico, la innegable aristocracia de la isla. Las parejas cuarentonas suelen pelearse a grito limpio justo delante del Palacio Ducezio. 

Una de mis primeras noches en Noto, al salir de una tenducha donde compré una botella de vino blanco, los estancos estaban todos cerrados, así que eché monedas en una máquina, pero no escupía el tabaco, al tiempo que me decía algo que me resultaba incapaz de entender. A los pocos segundos una turba de personas sacaba su identificación personal -eso me pedía la máquina expendedora- para prestármela. Aquellas personas desconocidas no solo estaban dispuestas a ayudarme, sino que casi se peleaban entre ellas por hacerlo. De regreso al hotel, una señora mayor enlutada abroncaba a un chaval de la camorra. Todo aquello estaba sucediendo en un barroco arquitectónico tan bello, variado y excesivo que apenas era capaz de asimilarlo en tiempo real.

Tampoco era capaz de asimilar -y muchísimo menos en tiempo real- durante el día demencial manera de conducir de los sicilianos. Los semáforos parecían árboles de navidad y los cedan el paso carteles publicitarios. Si ponías un pie en un paso de cebra, al que los sicilianos le otorgaban la misma importancia que un grafiti callejero, y esperabas allí a que algún coche te dejara cruzar podías morir momificado. Yo utilizaba a los ciclistas borrachos como escudos humanos. Cuando se lanzaban a un paso de cebra correteaba un rato al lado opuesto de los coches. Les sonreía. Y ellos me devolvían la sonrisa amablemente. Ningún conductor respetaba las reglas. Los vehículos no solo te adelantaban por la derecha constantemente, sino que utilizaban los arcenes e incluso las aceras para hacerlo. Sin embargo, jamás presencié un accidente. Ni siquiera un mal modo.

De los frontales de las iglesias, monasterios y catedrales brotan plantas verdes. Una vez le pregunté a un guía desdentado si no les preocupaba que aquella vegetación pudiera carcomer la piedra. «Así es la vida», respondió con inocencia. Los tendederos se despliegan en las aceras y allí se secan los pijamas, entre los vapores de los tubos de escape. Desde el interior de casas del siglo XIX suena reguetón, mientras de una sencilla cuerda amarrada desde una gárgola con una cabeza de león a otra con el rostro de un querubín cuelga la ropa interior de toda la familia.


La anécdota que rajó mi vida por la mitad me sucedió en Catania. Al caer la tarde siempre me pedía una Moretti o una Peroni en algún tugurio de máquinas tragaperras, donde las monedas estaban frescas, y me sentaba en un taburete a silbar alegremente. Todo es muy alegre en Sicilia. Cualquier cosa. Y muy extraño, también. Y una tarde estaba en aquel escondrijo, trasegándome una birra. El dueño era gordo, con una dentadura teñida de tabaco y nicotina que parecía una gráfica de bolsa, abundante pelambrera saliéndole de debajo de una enorme panza que quedaba al aire. Un hombre silencioso enganchado al móvil, tras un rinconcito acristalado ovárico de prefabricación humana. Una década más tarde yo sería el padrino del primogénito de aquel gordo. 

Me senté afuera porque tenía muchísimas ganas de fumar. Unos británicos, que estaban borrachos, insultaban todo cuanto veían a su alrededor. Este país es un desastre. Todo está sucio. Las mujeres son feas como demonios. Y una larga ristra de reclamaciones. El gordo me preguntó que qué estaban diciendo. No escatimé en detalles. Traduje cada palabra. El tipo volvió a su huevera, chasqueó la lengua, negó con la cabeza, hizo una llamada. A los pocos minutos, tres adolescentes armados con palos, con aspecto de estibadores, chalecos acolchados, pantalones ochenteros con goma en las perneras, zapatillas caras, oro y gorras de raperos, aparcaron sus motos encima de la acera, al lado de la mesa donde los guiris bebían y reían y maldecían Sicilia. En un ruidoso santiamén, los extranjeros estaban todos desparramados, sangrando, quejumbrosos, encima de la mesa unos, en el suelo otros, malheridos, mientras las motocicletas petardeaban, largándose de allí a toda pastilla.


Nada más largarse los muchachos en sus motos, un tipo pasó montado en una scooter, haciendo eses por la carretera. Los coches tocaban el claxon al adelantarle, con los conductores visiblemente enfadados, aunque no tanto como el motorista, que respondía a los pitidos con unos exabruptos aguardentosos, así, con una voz de esas cascadas que imponía una suerte de respeto y lástima. Al principio pensé que estaba borracho, pero al llegar a mi altura vi que estaba intentando encenderse un cigarrillo. Quizá estuviera curda, además de estar tratando de hacer una cosa tan absurda como encender un piti montado en una moto. Era un hombretón enjuto, típico siciliano, con ese pelo de paja, la piel de encina y más resistente que un ficus. De repente, se le cayeron unas monedas en mitad del paseo de cebra, tan despintado que parecía salitre. Dejé la cerveza y me acerqué y me puse a recoger algunas monedillas para ayudarlo, pero pronto tuve que dejarlo porque los coches pitaban y las motos zumbaban a mi alrededor y, cuando me alejaba, un coche de la policía pasó y la gendarme, una mujer castaña con una cola muy bien hecha, miró sonriente al motorista y a los británicos recién apaleados, ensangrentados como cerdos, dejando el mundo correr.

Entrega 1. ‘Un par de zapatos colgando del tendido eléctrico’ https://lacalmamagazine.es/la-tirania-de-los-cobardes-el-libro-de-luis-mari-beffa/embed/#?secret=PPq6wBOSKR

Entrega 2. La floristería
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Entrega 3. La muerte ya está aquí
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Entrega 4. La Biblioteca https://lacalmamagazine.es/la-biblioteca/embed/#?secret=erYq3ldo62


Entrega 5. San Agustín

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Entrega 6: Pornobanús
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Entrega 7: Niebla https://lacalmamagazine.es/niebla/

Hume

Octava entrega de ‘La tiranía de los cobardes’La Calma Magazine

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El Instituto

Décima entrega de ‘La tiranía de los cobardes’ https://lacalmamagazine.es/el-instituto/

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Decimocuarta entrega de ‘La tiranía de los cobardes’. https://lacalmamagazine.es/el-barrio/

‘Calzado cómodo’ Si tienes una piedra en el zapato, párate y quítate la piedra. El blog de Luis Mari Beffa https://luismaribeffa.com/

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